BELÉN Y YO

Siendo niña me dijo mi mamá que la Virgen María es Madre de Dios y Madre nuestra. Yo no entendí muy bien eso, pero lo acepté. También me dijo mi mamá que la Virgen de Belén era la Virgen María que se había aparecido en San Mateo porque nos amaba mucho y que por eso los 26 de noviembre debíamos ir a celebrar el milagro de su aparición a Tomás José e Inés. Yo entendí que ese día era como el domingo porque podía faltar a la escuela, ver a mis abuelos y primos e ir a Misa.
Mi recuerdo más remoto de una fiesta de Belén fue cuando me dieron un medio para dar en la limosna de la Misa. Yo había escuchado y repetido la historia según la cual Belén era del tamaño de un mediecito y que luego se había ido agrandando hasta quedarse de mayor tamaño que un fuerte. Mi emoción por dar ese mediecito era que así de pequeño como era esa monedita, así había sido Belén. Yo veía el mediecito en la palma de mi mano (que tampoco era muy grande) y pensaba ¿cómo es que la mamá de alguien puede ser tan pequeñita?
Estando como en 5to grado, por allá en el año 1984, mi mamá, mi hermana y yo le hablamos mucho a mi maestra sobre Belén. Mi maestra fue a San Mateo a conocerla y corroboró el fervor de las Damas y Caballeros de Belén por su Patrona. Tan prendada quedó mi maestra, que cuando logró comprar su carrito, volvió al pueblo a comprarse una chapa para colocarla más o menos al nivel de sus ojos frente al volante.
Ya estudiando en el liceo nos pidieron que dijera cada quien la historia de su nombre. Contar esa historia fue otro momento con Belén. No era tan importante decir de dónde salía “Mariana”. Eso era fácil. Lo interesante era decir que ese segundo nombre era tácito. Ambos, mi mamá y mi papá sabían que el nombre que escogieran sería combinado con el nombre de la Patrona y Madre de Aragua.
Para ese entonces ya no veía las cosas como cuando niña. Belén no era solo mi Madre y la devoción familiar, sino lo que la Iglesia quiere que sean los patronos: mi protectora. Así lo sentía yo. Me pasaban cosas curiosas con ella. Por ejemplo, la primera vez que debí tomar una camioneta sola, encomendándome a Belén, subí en una que resultó ser de un sanmateano que, por supuesto, la tenía a ella, a Belén, justo sobre el parabrisas, de modo que al subir, lo primero que vi fue a mi Madre, que me acompañaba.
Durante los agitados tiempos de la universidad, me alejé mucho de Belén. Ya no me parecía más importante ir a verla que perder una clase. No entendía por qué debía tenerle devoción a una advocación de María y no simplemente venerar a María. Supongo que me sucedió lo que canta el poeta que escribió “después fui creciendo, fui creciendo y ya de rezarte no me acordaba. Llegaba a la casa fatigado y cansado y de hablarte nunca me acordaba”.
Pero cuando estaba por graduarme, mi amiga Neida, quien también había sido mi maestra, que era la mamá de mi mejor amiga, cayó en cama. Estaba grave y una de esas veces que fui a visitarla me pidió que orara a la Virgen de Belén que la sanara. Yo le aseguré que lo haría y le dejé en la mano una medallita de Belén. Unas semanas después, Neida murió y yo, que acababa de participar en un retiro espiritual con el Grupo Juvenil Nuestra Señora de Belén y me di cuenta de que ya era hora de volver a mi Madre y encontrar las respuestas que la universidad no me dio.
Debes haber escuchado muchas veces que María nos lleva a Jesús. Yo puedo decirte que eso es muy cierto. Estando en el grupo juvenil inicié un discernimiento vocacional que me hizo entender que haga lo que haga con mi vida, Jesús debe ser siempre mi Norte, mi Meta, mi Camino, mi Verdad, mi Vida, y que Belén, es decir, María, se aparece en el momento preciso para recordarme: “Haz lo que Él te diga”.
Y he ahí la respuesta de por qué tener devoción a una advocación y no simplemente a María. Se trata de que Dios permite que la Virgen, la Madre, la Discípula, se vista de aquella realidad en la que el Hijo debe encarnarse. La necesidad de Santiago en España era tener un punto de apoyo y se le presentó María diminuta sobre un pilar (Nuestra Señora del Pilar). Era necesario que Coromoto entendiera la majestad de Jesús y María se lo presenta siendo ella Su silla mientras el Rey de reyes sujeta el mundo en sus manos. ¿Belén? Pues era necesario que Tomás e Inés, colaboradores en la formación de los Kirikires en la fe conocieran a María en Belén: María nos da un niño pobre, desnudo, pero de pié, madre e Hijo sobre la media luna, porque la luna no es Dios y no es más importante que los seres humanos.
Entendí, pues, que Dios sigue hablando a Su pueblo de todas las latitudes a través de María y que cada advocación de la Virgen trae un mensaje, una enseñanza y que mi devoción no es por los milagros que con ella llegan, sino porque María, como en Nazareth, como en Belén, como en el Calvario, sigue siendo la Elegida, el primer Sagrario del Señor, la Madre de la Iglesia.
Hace dos años que, bien por trabajo o por salud no he podido visitar a Belén el día de su aparición. Pero este año son 300 los que contamos desde su llegada a nuestro pueblo. Bien vale hacer el espacio de tiempo para pasarla con Ella durante la Misa, el Rosario y la procesión, y tomar de su tierra y agua benditas y dar un mediecito en la limosna… o quizás un poco más…

 

Mariana Belén Padrón Romero